Un artista sería capaz de todo para que su obra maestra sea perfecta, aunque si esta mujer hubiera sabido desde el principio lo que le pasaría por hacer arte natural, probablemente habría elegido no hacerlo.

Su nombre es Gillian Genser, trabajaba como escultora desde 1991 y sólo lo hacía con materiales naturales, empezó haciendo increíbles esculturas con cáscaras de huevo, pero después decidió pasar a los mejillones, con los que planeó su obra maestra, un Adán tallado que conforme tomaba forma robaba más miradas, pero lo que Gillian no sabía era que su sueño iba a estar a punto de costarle la vida.

Las conchas que la artista usaba las compraba en el barrio chino de Toronto, Canadá y venían de la costa Atlántica. La mujer quería que con ese trabajo la gente tomara conciencia sobre el daño que le estaba haciendo al medio ambiente. La costumbre para Gillian era comprar los mejillones dos o tres veces por semana, cocinarlos para sus amigos y después lavar y trabajar con las conchas, pasaba 12 horas al día trabajando en ellas, pero a los pocos meses comenzaron las extrañas molestias.

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Parte de la escultura del Adán de la artista canadiense
El Adán/Especial

Dolores de cabeza, vómitos, se sentía agitada, a veces no podía moverse, no escuchaba bien y se trababa al hablar, así que decidió buscar a un doctor, desde neurólogos hasta reumatólogos y endocrinólogos, nadie sabía decirle qué le pasaba. 

Todos le preguntaron si trabajaba con algún material tóxico pero ella siempre decía que no, porque a sus ojos, no lo hacía.

Después de algunas horas picando conchas de mejillones, quedaba inmovilizada. Me dolían los músculos. Las manos se me acalambraban cuando tomaba mis herramientas. Me volví combativa y fatalista, declarando que mi vida se estaba acabando. Mi esposo temía dejarme sola en casa, porque creía que cuando regresara me iba a encontrar colgando ahorcada del candelabro, contó a la revista Toronto Life.

Pasaron los años, hasta que un día cayó inmóvil, se medio recuperó y empezó a olvidar las cosas, también gritaba incoherencias y groserías de forma involuntaria cuando andaba por la calle, la desesperación por empeorar y no saber qué era empezó a crecer, entonces se apuró a terminar la escultura de Adán porque pensó que moriría pronto.

En 2015 se hizo un examen de sangre y el resultado fue terrible, tenía altísimos niveles de arsénico y plomo pero aún no sabía por qué, hasta que habló con un profesor especializado en invertebrados del Museo Real de Ontario y este quedó estupefacto con la historia y es que lo que él sabía mucha gente no, las conchas de los mejillones eran altamente tóxicas, ¿por qué? Porque las conchas y los huesos acumulan muchas toxinas de su ambiente, así que la obra de Adán estaba matándola de a poco y nunca se dio cuenta.

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Todos los días aspiraba los restos de los mejillones tallados y estaba en contacto con las conchas y las toxinas entraban por su piel y las vías respiratorias. No eran tóxicos por naturaleza, lo eran por la contaminación provocada en su hábitat.

“Mi cuerpo se estaba llevando un profundo mensaje sobre el envenenamiento que estamos causando en nuestro planeta”, dijo ella.

Pero lo  más increíble fue que eso no detuvo a Giselle, que después le dio otra perspectiva a su obra, la tituló “mi hermosa muerte” y aseguró que de no haberlo hecho entonces todo habría sido para nada.

Ahora ya no trabaja con conchas, pero su salud no regresó por completo, aún sufre de la memoria y tiene muchas probabilidades de desarrollar Alzheimer o Parkinson.